SUEÑO DE LA MADRE Y LAS UVAS

Ernesto Pérez Zúñiga

La Virgen y el Niño con un racimo de uvas, c. 1509-1510
Lucas Cranach, el Viejo


1. El descosido
Las dos santeras han señalado mi vanidad, dos hermosas negras de pelo rubio. La más gorda, la de los ojos verdes como uvas, me ha escrutado igual que un oculista: “Ahí hay dos sombras que no me gustan nada”, me ha dicho. Noté en mí esa mezcla de orgullo y mezquindad propensa a desencadenar cualquier conflicto. La segunda, que estaba ciega, dijo que se podía tocar dentro de mí al mismísimo Diablo. Estaban de acuerdo:
“Un caso difícil, pero no perdido”.
Mi madre, que les había llevado uno de mis pantalones rotos para coser la cremallera, ya había sido prevenida.

2. El racimo
Escapo hacia el río montando en bicicleta. Necesito retirarme de los últimos sucesos, pero me encuentro a mi madre, sentada en la orilla, con los pies dentro del agua y un racimo de uvas en el regazo. Me siento junto a ella y acabamos hablando de cómo los objetos están impregnados de la sombra de los difuntos a los que pertenecieron. Me cuenta que las uvas estuvieron en la habitación donde murió ayer mi padre, unas uvas que sus manos llegaron a tocar. Las lava en el río. Al sacarlas, su color verde reluce. Divide en dos partes el racimo y me entrega una de ellas.