EL SECRETO

Juan Carlos Méndez Guédez



La niña se acercó a mí oído y me contó un secreto; una historia que acababa de inventarse.
Se lo agradecí mucho. Lo que importa es el secreto, no su verdad.

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W. cumplió su deseo. “Sólo quiero vivir mientras escriba”, afirmó siempre.
Los últimos veinte y tres años se dedicó a escribir con sus propias heces en las paredes. Palabras sin sentido, letras sueltas que su esposa y sus hijos limpiaban con una esponja.

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Cuando Kafka escribe en su diario: “nada”: contundencia; perplejidad, ojos que buscan lo que realmente palpita tras la aparente sencillez de esa frase.
Cuando uno escribe nada, la evidencia de que sólo quiso decir eso.
Nada. Nada. Nada.

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Jueves en la noche. Pago la entrada y entro a ver una película de Godard.
Uno de los personajes habla de la responsabilidad que cada uno tiene con sus actos, con sus omisiones, sus deseos.
Entiendo el mensaje. Abrumado por el tedio y por la sensación áspera de estas horas perdidas, huyo presuroso de la sala.
En la calle me recibe un aire transparente. Lluvia invisible que parece flotar como una sospecha dentro de la brisa. Respiro eufórico, intentando que la ciudad encienda sus olores en mi piel.
Imagino que así se siente una persona en el momento cuando acaba de abandonar a una amante, una amante tediosa, presumida.

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Sergio Pitol transforma la materia sobre la que expande su escritura.
El desfile del amor: escritura sobre arena. Trazos firmes, profundos, insinuantes, que imperceptiblemente se van borrando frente a nuestros ojos, hasta que reaparecen transformados. La historia se borra, reaparece, se borra, vuelve a aparecer.
El lector permanece hipnotizado. Cuando cierra el libro también él es arena: palabras que se hacen y se deshacen.

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Busco en la narración esa cadena de anécdotas, de imágenes, de situaciones que concluyan en el atisbo o en el logro de una intensidad. Intensidad emotiva, sensorial, intensidad de la inteligencia. Y comprendo ahora que llamo intensidad a ese momento en que dos situaciones alejadas en el tiempo se superponen y se funden. Se trata entonces de una imagen circular. Algo acontece en la vida de un personaje ( y en nuestras vidas) que lo marca sin que él ni nosotros nos percatemos de esa incidencia, y tiempo después, una situación distinta logra conectarse con aquel momento anterior, revitalizándolo, trayéndolo de nuevo a la superficie, pero impregnándolo de una afectividad inédita, trascendente. El círculo se cierra y lanza un destello. La intensidad ocurre como el temblor de esa coincidencia; como la energía en la que ambas situaciones se unifican y adquieren un sentido más nítido.
Se trata de explorar lo que Fabio Morábito llama las cosas usadas, las segundas veces. Ese volver a un punto (un lugar, una persona, un objeto, un aroma) para sentirlo con inusitado vigor, para percibirlo como un descubrimiento que en realidad es un acto repetido.
Porque sólo se descubre aquello que reiteramos.