LO QUE TÚ PIENSAS

(sobre la última novela de mi hermano José María Pérez Zúñiga)

Ernesto Pérez Zúñiga



En bohemia granadina, solía yo regresar de madrugada a la casa de mis padres, donde vivíamos, abrir la puerta con cuidado de no quebrar el sueño de aquellos volcanes dormidos, la familia en espera del día, cuando una línea de luz en el dormitorio de mi hermano me hacía llamar a su puerta. Él levantaba la vista del cuaderno donde escribía a mano -líneas negras que poblaban la noche con nuevas criaturas-, me sonreía, charlábamos entonces sobre la sombra que yo traía de la calle, acerca de las palabras -en apariencia sombras de tinta- qué él estaba reuniendo, mientras todo el edificio de aquella Granada casi adolescente permanecía dormido tramando sueños, permitiendo a la araña que vive en el inconsciente seguir tejiendo raras telarañas en los rincones de la memoria. En aquellas noches de hace quince años, noches despreocupadas de este futuro que hoy nos reúne, mi hermano José María iba fraguando un universo literario poderoso, denso e inquietante como el magma de los volcanes dormidos.

Un magma, a donde han ido a fundirse la mejor tradición narrativa del siglo XX, grandes novelas centroeuropeas, divertidos corpúsculos kafkianos, papeles de Unamuno, y el mostacho de Nietzsche.

Desde aquel viejo Abraxas que presentamos hace diez años en un café de Malasaña, hasta la novela de hoy, los libros de mi hermano han roto esquemas, han usado esquemas a su antojo, ha roto en dos sus espejos literarios y ha vuelto a conformar la corriente de su propio río narrativo. Espejos y también teselas, pues José María es un sobresaliente autor de aforismos que, si bien ha recogido en uno de sus libros más hermosos, Breviario, se pueden extraer de muchos párrafos de sus novelas.

“Mi vida se rompió por la extrañeza. Y es por la extrañeza por donde empieza el temor”. (Dice Carlos, uno de los tres protagonistas de Lo que tú piensas.)

Como la inquietud es virtud de los valientes, en cada una de sus tres novelas José María ha traído a la escritura una reinvención y un ajusticiamiento de las tradiciones narrativas.

En El juego de los espejos suspendió el juicio del lector y del propio hecho de ser autor gracias a un pulidísimo gamberrismo.

En su novela más importante hasta la fecha, Rompecabezas, travistió una trama de intriga en una de las historias clásicas más importantes: la búsqueda del padre y de su muerte, que es de alguna manera la búsqueda de la propia identidad. A propósito de la identidad, hay en la primera parte de esta novela otra búsqueda -casi policial, se podría decir- a través de los sueños.

La eficacia de los temas de sus novelas se construye a través de un continuo y finísimo hilo humorístico, que busca la autocrítica y expresa la normalidad del desconcierto, a la manera kafkiana.

Sin duda, el gran tema, el gran problema, el humo y la humorada de las novelas de mi hermano, es la familia. El sordo, novela que publicará el año que viene esta misma editorial, está escrita desde el extrañamiento del hijo que no quiere ser parte de el mundo que va conociendo.

Lo que tú piensas está escrita desde la perspectiva de la familia trina clásica, padre, madre e hijo (cuyo más ilustre antecedente es la Sagrada Familia), por supuesto, en una sociedad contemporánea. El resultado no puede ser más demoledor. Saber la verdad. Conocer lo que tú piensas en el proceso implacable y aparentemente invisible de tantas relaciones ilusionadas. Una novela psicológica, por tanto, escrita con una estructura tripartita (una parte para cada personaje) y una estructura circular de capítulos de nuevo muy original (33 capítulos por parte, decrecimiento, y de nuevo crecimiento, coincidentes con los años en los que vivió el Cristo legendario; mi alusión anterior no era un capricho).

En efecto, la pregunta por el sentido de las cosas, una pregunta constante en Carlos, protagonista de la primera parte, conduce siempre a un peligro latente. Por ejemplo, resulta fascinante como este padre comienza a sentir terror ante su propio hijo, cómo flota en la novela la sensación perfecta de incomunicación y solipsismo a los que llegan los personajes de esta novela como en la vida misma. Resulta tan real que sin duda hay que insistir en la reivindicación del término realista para aquellas novelas que representan el mundo en su diversidad referencial y psicológica, y arrebatarlo de las cámaras narrativas que solo filman el exterior.

Lo que tú piensas se construye a través de una repetición enriquecedora de escenas vistas desde distintas perspectivas, una especie de espiral que gira sobre el mismo centro y en cada giro va mostrando, sacando para el lector, un nuevo tesoro de oscuridad.

El mundo de los tres, madre, hijo, y padre, un mundo de incomunicación y suspicacia, representa a toda una sociedad que vive la desintegración y el abismo entre la mente individual y los modos de vida obligatorios a los que nos conduce el mundo. Ese fracaso de la comunicación y de la felicidad se establece desde el núcleo mínimo de vida compartida según sociedad y naturaleza: una familia de tres.

El tobogán por el que se desliza la ilusión y el amor no atiende tiempos. Y José María lo muestra a través de una técnica narrativa dificilísima: anular el tiempo de la historia jugando con él, fundiendo el tiempo de la vida y de la muerte, el futuro, el presente y el pasado. Para conseguir algo así, muchas veces tiene que narrar desde un clima de crepúsculo, a través de una referencialidad nubosa. Cuando conviene, desde luego, pues las tres partes del libro muestran tres voces diferentes: el estilo neurótico del padre, el misterioso de la madre, el cruel y juguetón del niño.

En este libro vamos a gozar de una literatura estupenda, la que sabe ajustar su estilo al universo que quiere narrar. Y nos vamos a reconocer una y otra vez, en lo que pensamos o hemos pensado en experiencias my cotidianas. O vamos a conocer lo que piensa un feto cuando la mano del padre de acerca a la barriga como una sombra terreste, a su mundo de agua, lo que piensa un menudo espermatozoide.

Despiadado y divertido retrato del mundo que ocultamos tras la fachada de nuestras frentes, oculto, nada más cercano para uno y tan lejano para el más cercano. Los volcanes dormidos siempre despiertan, una vez al menos, mientras no mueren.