Nicolás Melini

Por entonces en la isla había sólo un restaurante chino, y esos eran los únicos orientales que podían verse en la isla. Sin embargo, existía una gran tradición de practicantes de judo. Todos los colegios lo impartían, cientos de niños lo practicaban. Y ello se debía a la gran proliferación de monitores de artes marciales que se había producido en medio mundo: aquellos hombres jóvenes enseñaban judo a los niños, pero lo que realmente les gustaba era el Kung Fu. El Kung Fu que años antes, fascinados, habían descubierto en las películas de Bruce Lee.
Aquella tarde, Jorge se había detenido en la calle. No era la primera vez que Jorge se detenía a charlar con alguien aquella tarde. Se trataba de una costumbre muy arraigada entre las gentes de la isla, salir a la calle e irse parando a hablar con unos y con otros. Allí, de pie, cerca del puerto, Agustín le enumeraba las maravillas musicales del órgano. Hacía unos días que había asistido con sus hijos a una exhibición en el teatro grande —Agustín no recordaba nunca el nombre completo de aquel teatro, casi el único de la isla, así que siempre se refería a él como el teatro grande, en clara comparación con el otro, el teatro pequeño al que tanto la gente como las instituciones habían decidido llamar, en un acuerdo tácito, Teatro Chico.
—Es un espectáculo —insistía, y le describía el virtuosismo del organista oriental (enviado de gira por la casa Yamaha) a la hora de interpretar con pies y manos el “Thriller” de Michael Jackson—. Hacía música con los pies, con las manos era una orquesta.
El teatro grande abarrotado de niños y padres captados en diferentes colegios se había puesto en pie para ovacionar a aquel Bruce Lee de la música. Muchos hacían cola para apuntar a sus hijos a clases de órgano o comprar uno de aquellos pianos prodigiosos, con dos teclados, bajos, memoria, caja de ritmos...
Pero Jorge era un hombre tranquilo, de talante escéptico, si así se puede describir a todo aquel que, sin aspavientos, haya caído en la cuenta de que las maravillas del mundo son muchas e inabarcables. Y en vez de dejarse sorprender por nada, como Agustín, había escogido asistir impasible a cualquier maravilla; lo mismo que a su relato. No era pachorra, en absoluto, aunque sí desinterés. Un soberano desinterés por todo lo “interesante”.
—Qué tal los niños —lo importunó Agustín en cuanto comprobó el poco entusiasmo que había obtenido de él con sus palabras.
—Bien.
—Yo pienso apuntar a los míos a clases de órgano, de judo y, si me apuras, hasta de ping-pong. Esos tipos me han demostrado un perfecto dominio... una coordinación de mente y cuerpo excepcional.
A Jorge se le ocurrieron de golpe algunas otras actividades idóneas para que los hijos de Agustín perfeccionaran su coordinación de mente y cuerpo: una era la esgrima, la otra la gimnasia rítmica; pero las calló porque no eran deportes estrictamente orientales, y porque pensó en los pobres niños y ya tenían suficiente. Se limitó a sonreírle con amabilidad y luego se despidieron y siguió su camino parsimonioso, saludando a los conocidos, transmitiendo sin esfuerzo la normalidad de quien, simplemente, va del trabajo camino de casa.
El mar no se botaba hoy sobre el aparcamiento. Al contrario de lo que sucedía en otras ocasiones —tan sólo unos días antes, por ejemplo—, el mar no sacudía hondo el aire con su estruendo sobre el malecón. Permanecía en calma. Y Jorge, por lo tanto, no se vio obligado a saltar sobre las pequeñas barranqueras de agua de mar que a menudo desconchaban el pavimento bajo los coches. Al contrario, pudo mirar el cielo y respirar su azul antes de recordar que Elena lo esperaba. Estaba tan distraído que un coche que salía marcha atrás estuvo a punto de darle un golpe, pero él dio un pequeño salto y lo detuvo con la mano en el cristal, sin dejar de sonreír, como divertido por el despiste del tipo.
Jorge llegó junto a su coche y miró a lo lejos, por encima de la capota. El mar se había llevado los coches del aparcamiento hacía unos días. El mar había entrado en la ciudad y había recorrido sus calles principales ya en algunas ocasiones. Su propia esposa, Elena, había sido una magnífica jugadora de ping-pong en sus tiempos de socia del aeroclub. El aeroclub se encontraba junto al mar. Era uno de esos maravillosos contrasentidos que con frecuencia se producen en las islas: el aeropuerto a lo largo de la costa y el aeroclub, en su costado, como si fuese más bien un club náutico, con piscina natural y bañistas y jugadores de ping-pong —pimpón en cristiano.
Pero ahora, al norte de la isla se había formado un bonito arco iris; el de siempre —aunque cualquiera que lo mirase por primera vez pudiera especular sobre su origen sobrenatural—; era un arco de colores común y corriente, pero asimétrico, abierto entre el mar y la montaña: se alzaba perfecto desde la superficie del agua y tocaba con el otro extremo las medianías de la isla. De algún modo, pensó Jorge, podía decirse que el cielo le sonreía. Una sonrisa naïf, oriental: un arco iris.
Un optimismo espléndido lo embargó al sentarse al volante. A veces la naturaleza tenía aquellas cosas. Era capaz de reflejar, como un espejo, el modo en que se sentía. Arrancó y recorrió el aparcamiento y salió a la calle deprisa, como si todo marchase sobre ruedas, pero entonces sintió un golpe y frenó y se quedó mirando hacia delante, tratando de ver por encima del capó. La gente, en la acera, se detenía para mirar hacia él con expectación.
Tras recapacitar brevemente acerca del bote que había experimentado el coche, Jorge abrió la puerta y se bajó, tratando de mostrarse tranquilo. Llegó hasta la parte frontal del coche, se agachó, miró por fin bajo las ruedas —ya todos corrían hacia él—, y allí vio al niño golpeado, inconsciente y quieto, con el uniforme de judo —cinturón blanco— lleno de grasa. El niño magullado y pisoteado por la rueda; su uniforme blanco y su cinturón blanco rasgado y sucio.
Jorge se quedó paralizado. Ni siquiera ayudó a los transeúntes a levantar el coche en peso para sacar al niño de allí.
Cuando Elena llegó al hospital ya sabía que el niño había muerto. Tal vez por eso en sus pasos se apreciaba cierto aplomo. Las personas presentes en las butacas de espera la vieron recorrer un pasillo de urgencias y preguntar a alguien por su marido. Ni el celador ni sus compañeros supieron contestarle, y ella, de pie en medio del pasillo, se volvió y lo buscó con la mirada. Fue el familiar de un paciente quien, tras observarla, se acercó a ella y le indicó hacia el exterior del hospital. Elena le dio las gracias y echó de nuevo a andar hacia allí.
Al salir miró a lo lejos: un mar de coches; el sol en declive le arrojaba los destellos de sus capotas y parabrisas. Luego siguió andando. Anduvo entre las filas de coches aparcados mirando siempre un poco más allá, por encima de todos ellos, hasta que por fin vio los pies de su marido por debajo de la puerta abierta del suyo. Jorge se encontraba sentado allí con los pies por fuera. En el asiento del conductor... Sentado allí con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos, pero la puerta lo ocultaba todo salvo sus zapatos.
Y entonces ella se acercó, sus pies frente a los de su marido, asió su cabeza, la atrajo hacia su vientre, lo abrazó, acariciándole el pelo, luego la espalda, y ya.
Incluido en Cuentos de la Atlántida, antología del cuento canario actual VV.AA., Bandini/T&B.

Por entonces en la isla había sólo un restaurante chino, y esos eran los únicos orientales que podían verse en la isla. Sin embargo, existía una gran tradición de practicantes de judo. Todos los colegios lo impartían, cientos de niños lo practicaban. Y ello se debía a la gran proliferación de monitores de artes marciales que se había producido en medio mundo: aquellos hombres jóvenes enseñaban judo a los niños, pero lo que realmente les gustaba era el Kung Fu. El Kung Fu que años antes, fascinados, habían descubierto en las películas de Bruce Lee.
Aquella tarde, Jorge se había detenido en la calle. No era la primera vez que Jorge se detenía a charlar con alguien aquella tarde. Se trataba de una costumbre muy arraigada entre las gentes de la isla, salir a la calle e irse parando a hablar con unos y con otros. Allí, de pie, cerca del puerto, Agustín le enumeraba las maravillas musicales del órgano. Hacía unos días que había asistido con sus hijos a una exhibición en el teatro grande —Agustín no recordaba nunca el nombre completo de aquel teatro, casi el único de la isla, así que siempre se refería a él como el teatro grande, en clara comparación con el otro, el teatro pequeño al que tanto la gente como las instituciones habían decidido llamar, en un acuerdo tácito, Teatro Chico.
—Es un espectáculo —insistía, y le describía el virtuosismo del organista oriental (enviado de gira por la casa Yamaha) a la hora de interpretar con pies y manos el “Thriller” de Michael Jackson—. Hacía música con los pies, con las manos era una orquesta.
El teatro grande abarrotado de niños y padres captados en diferentes colegios se había puesto en pie para ovacionar a aquel Bruce Lee de la música. Muchos hacían cola para apuntar a sus hijos a clases de órgano o comprar uno de aquellos pianos prodigiosos, con dos teclados, bajos, memoria, caja de ritmos...
Pero Jorge era un hombre tranquilo, de talante escéptico, si así se puede describir a todo aquel que, sin aspavientos, haya caído en la cuenta de que las maravillas del mundo son muchas e inabarcables. Y en vez de dejarse sorprender por nada, como Agustín, había escogido asistir impasible a cualquier maravilla; lo mismo que a su relato. No era pachorra, en absoluto, aunque sí desinterés. Un soberano desinterés por todo lo “interesante”.
—Qué tal los niños —lo importunó Agustín en cuanto comprobó el poco entusiasmo que había obtenido de él con sus palabras.
—Bien.
—Yo pienso apuntar a los míos a clases de órgano, de judo y, si me apuras, hasta de ping-pong. Esos tipos me han demostrado un perfecto dominio... una coordinación de mente y cuerpo excepcional.
A Jorge se le ocurrieron de golpe algunas otras actividades idóneas para que los hijos de Agustín perfeccionaran su coordinación de mente y cuerpo: una era la esgrima, la otra la gimnasia rítmica; pero las calló porque no eran deportes estrictamente orientales, y porque pensó en los pobres niños y ya tenían suficiente. Se limitó a sonreírle con amabilidad y luego se despidieron y siguió su camino parsimonioso, saludando a los conocidos, transmitiendo sin esfuerzo la normalidad de quien, simplemente, va del trabajo camino de casa.
El mar no se botaba hoy sobre el aparcamiento. Al contrario de lo que sucedía en otras ocasiones —tan sólo unos días antes, por ejemplo—, el mar no sacudía hondo el aire con su estruendo sobre el malecón. Permanecía en calma. Y Jorge, por lo tanto, no se vio obligado a saltar sobre las pequeñas barranqueras de agua de mar que a menudo desconchaban el pavimento bajo los coches. Al contrario, pudo mirar el cielo y respirar su azul antes de recordar que Elena lo esperaba. Estaba tan distraído que un coche que salía marcha atrás estuvo a punto de darle un golpe, pero él dio un pequeño salto y lo detuvo con la mano en el cristal, sin dejar de sonreír, como divertido por el despiste del tipo.
Jorge llegó junto a su coche y miró a lo lejos, por encima de la capota. El mar se había llevado los coches del aparcamiento hacía unos días. El mar había entrado en la ciudad y había recorrido sus calles principales ya en algunas ocasiones. Su propia esposa, Elena, había sido una magnífica jugadora de ping-pong en sus tiempos de socia del aeroclub. El aeroclub se encontraba junto al mar. Era uno de esos maravillosos contrasentidos que con frecuencia se producen en las islas: el aeropuerto a lo largo de la costa y el aeroclub, en su costado, como si fuese más bien un club náutico, con piscina natural y bañistas y jugadores de ping-pong —pimpón en cristiano.
Pero ahora, al norte de la isla se había formado un bonito arco iris; el de siempre —aunque cualquiera que lo mirase por primera vez pudiera especular sobre su origen sobrenatural—; era un arco de colores común y corriente, pero asimétrico, abierto entre el mar y la montaña: se alzaba perfecto desde la superficie del agua y tocaba con el otro extremo las medianías de la isla. De algún modo, pensó Jorge, podía decirse que el cielo le sonreía. Una sonrisa naïf, oriental: un arco iris.
Un optimismo espléndido lo embargó al sentarse al volante. A veces la naturaleza tenía aquellas cosas. Era capaz de reflejar, como un espejo, el modo en que se sentía. Arrancó y recorrió el aparcamiento y salió a la calle deprisa, como si todo marchase sobre ruedas, pero entonces sintió un golpe y frenó y se quedó mirando hacia delante, tratando de ver por encima del capó. La gente, en la acera, se detenía para mirar hacia él con expectación.
Tras recapacitar brevemente acerca del bote que había experimentado el coche, Jorge abrió la puerta y se bajó, tratando de mostrarse tranquilo. Llegó hasta la parte frontal del coche, se agachó, miró por fin bajo las ruedas —ya todos corrían hacia él—, y allí vio al niño golpeado, inconsciente y quieto, con el uniforme de judo —cinturón blanco— lleno de grasa. El niño magullado y pisoteado por la rueda; su uniforme blanco y su cinturón blanco rasgado y sucio.
Jorge se quedó paralizado. Ni siquiera ayudó a los transeúntes a levantar el coche en peso para sacar al niño de allí.
Cuando Elena llegó al hospital ya sabía que el niño había muerto. Tal vez por eso en sus pasos se apreciaba cierto aplomo. Las personas presentes en las butacas de espera la vieron recorrer un pasillo de urgencias y preguntar a alguien por su marido. Ni el celador ni sus compañeros supieron contestarle, y ella, de pie en medio del pasillo, se volvió y lo buscó con la mirada. Fue el familiar de un paciente quien, tras observarla, se acercó a ella y le indicó hacia el exterior del hospital. Elena le dio las gracias y echó de nuevo a andar hacia allí.
Al salir miró a lo lejos: un mar de coches; el sol en declive le arrojaba los destellos de sus capotas y parabrisas. Luego siguió andando. Anduvo entre las filas de coches aparcados mirando siempre un poco más allá, por encima de todos ellos, hasta que por fin vio los pies de su marido por debajo de la puerta abierta del suyo. Jorge se encontraba sentado allí con los pies por fuera. En el asiento del conductor... Sentado allí con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos, pero la puerta lo ocultaba todo salvo sus zapatos.
Y entonces ella se acercó, sus pies frente a los de su marido, asió su cabeza, la atrajo hacia su vientre, lo abrazó, acariciándole el pelo, luego la espalda, y ya.
Incluido en Cuentos de la Atlántida, antología del cuento canario actual VV.AA., Bandini/T&B.






