Juan Carlos Méndez Guédez

Cuando llovía con ferocidad Calilo apretaba los ojos y se encerraba en el baño. Allí pasaba un buen rato, sordo por el crepitar de la lluvia sobre los techos de zinc, encogido en sí mismo, sin contemplar el ventanal por el que asomaba la montaña como un animal exhausto. En algún momento Calilo cantaba, cantaba y cantaba para que su voz diluyera el retumbar de los truenos y el parpadeo de los rayos que saltaban como telarañas temblorosas, quebradizas.
Luego su tía Esperanza lo tomaba por una mano y lo regresaba al salón. “Aquí estarás bien”, le decía. “Los rayos sólo quieren ayudar a la montaña. Ella tiene un gran dolor de cabeza porque varios hombres le encerraron dentro miles de venados, burros, tigres, leones, vacas, chivos. Pero cuando un rayo logre caer sobre la montaña, al fin los animales escaparán y la montaña se sentirá aliviada”.
Ahora, treinta y ocho años después, él regresa a la ciudad. Sabe que su tía Esperanza lo aguarda con un caldo y una taza de café muy caliente. Conduce el carro con prudencia, la lluvia comienza a inundar la carretera como una cortina blanca, vibrante. A lo lejos los rayos caen como pedradas sobre la tierra.
Él detiene el carro. Busca con los ojos la montaña y no logra descubrirla.
Entonces se coloca un gorro, se cubre la cabeza con las dos manos y se oculta bajo los asientos de su automóvil.
Respira con lentitud para que ni el aire pueda saber de su regreso.
Sólo espera que acabe pronto la lluvia.
inédito

Cuando llovía con ferocidad Calilo apretaba los ojos y se encerraba en el baño. Allí pasaba un buen rato, sordo por el crepitar de la lluvia sobre los techos de zinc, encogido en sí mismo, sin contemplar el ventanal por el que asomaba la montaña como un animal exhausto. En algún momento Calilo cantaba, cantaba y cantaba para que su voz diluyera el retumbar de los truenos y el parpadeo de los rayos que saltaban como telarañas temblorosas, quebradizas.
Luego su tía Esperanza lo tomaba por una mano y lo regresaba al salón. “Aquí estarás bien”, le decía. “Los rayos sólo quieren ayudar a la montaña. Ella tiene un gran dolor de cabeza porque varios hombres le encerraron dentro miles de venados, burros, tigres, leones, vacas, chivos. Pero cuando un rayo logre caer sobre la montaña, al fin los animales escaparán y la montaña se sentirá aliviada”.
Ahora, treinta y ocho años después, él regresa a la ciudad. Sabe que su tía Esperanza lo aguarda con un caldo y una taza de café muy caliente. Conduce el carro con prudencia, la lluvia comienza a inundar la carretera como una cortina blanca, vibrante. A lo lejos los rayos caen como pedradas sobre la tierra.
Él detiene el carro. Busca con los ojos la montaña y no logra descubrirla.
Entonces se coloca un gorro, se cubre la cabeza con las dos manos y se oculta bajo los asientos de su automóvil.
Respira con lentitud para que ni el aire pueda saber de su regreso.
Sólo espera que acabe pronto la lluvia.
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