Edmundo Paz Soldán

Llegué a La Paz para el congreso de literatura nacional. Una mujer entrada en años y carnes me esperaba en el aeropuerto de El Alto blandiendo un letrero con mi nombre. Me dijo que era del comité de recepción, me llevaría al hotel que me habían reservado. Le agradecí pensando que había mejores maneras de gastar el presupuesto de la asociación. Bajamos a la ciudad acompañados por una tenue llovizna. El chofer era tuerto y escucha-ba música a través de sus audífonos; colegí que era clásica gracias a unos acordes que resonaban en el taxi de tanto en tanto. El chofer sonreía como si se hallara en contacto con la música de las esferas, con el centro palpitante de ese vasto y eterno universo en descomposición que nos había tocado habitar. De eso yo quería hablar: de entropía y literatura.



THE QUEENLESS

Marcelo Luján

—¡Vengan, cagones!
Allá donde los bancos de niebla, de pie como resistiendo.
—¡Qué esperan!
Mezclado entre las manchas de aire condensado que tal vez no eran sólo manchas garabateadas sobre el viento gélido que subía desde el Polo, sobre la humedad morbosa que nos acompañó día y noche y que no nos abandonó jamás.
—¡Vamos, vengan!
Con los brazos extendidos, gritaba. Con la mirada en alto y la boca al cielo, Romerito, las piernas abiertas y las rodillas un poco flexionadas, disuelto entre la niebla o esa humedad combatiente, siempre como resistiendo, con los dedos crispados y sin casco, Romerito gritaba desde sus borceguíes embadurnados de fango, gritaba a los cuatro vientos, porque esa era su manera de ahuyentar al frío, de calentarse el cuerpo y también la sangre, o porque en realidad quería que de una buena vez vinieran.
—¡Vengan, manga de hijos de puta!
Los brazos en cruz, los puños bien cerrados, apretando, y la mirada al cielo, Romerito. Así.


LAS ARTES MARCIALES

Nicolás Melini

Por entonces en la isla había sólo un restaurante chino, y esos eran los únicos orientales que podían verse en la isla. Sin embargo, existía una gran tradición de practicantes de judo. Todos los colegios lo impartían, cientos de niños lo practicaban. Y ello se debía a la gran proliferación de monitores de artes marciales que se había producido en medio mundo: aquellos hombres jóvenes enseñaban judo a los niños, pero lo que realmente les gustaba era el Kung Fu. El Kung Fu que años antes, fascinados, habían descubierto en las películas de Bruce Lee.



BARQUISIMETO

Juan Carlos Méndez Guédez

Cuando llovía con ferocidad Calilo apretaba los ojos y se encerraba en el baño. Allí pasaba un buen rato, sordo por el crepitar de la lluvia sobre los techos de zinc, encogido en sí mismo, sin contemplar el ventanal por el que asomaba la montaña como un animal exhausto. En algún momento Calilo cantaba, cantaba y cantaba para que su voz diluyera el retumbar de los truenos y el parpadeo de los rayos que saltaban como telarañas temblorosas, quebradizas.



SUEÑO DE LA MADRE Y LAS UVAS

Ernesto Pérez Zúñiga


Las dos santeras han señalado mi vanidad, dos hermosas negras de pelo rubio. La más gorda, la de los ojos verdes como uvas, me ha escrutado igual que un oculista: “Ahí hay dos sombras que no me gustan nada”, me ha dicho.



LA VIDA COTIDIANA

Juan Carlos Chirinos

Una furgoneta azul y roja subía y bajaba la avenida, mientras por un altavoz una voz anunciaba:
—¡Prepara tus sentidos para la explosión de pepsi cola!
Vitán, recordando la náusea que le producía la pepsi, recogió una lata de cerveza, toda doblada. Revisó metódicamente la superficie, buscando la tapa. La observó un momento, con parsimonia. Levantó el brazo derecho, para que las mangas se retiraran un poco y lo dejaran hacer su trabajo. Despegar las tapas de las cervezas es un trabajo de filatelista.